Era un día como otros, se podría decir rutinarios, pero es que aún no quiero admitir que la tengo. Un día como esos que salgo corriendo del trabajo, pero no como quien dice “corriendo”, dice apurada. No, corriendo. A las 7 menos 5 me cambio los zapatos negros, serios de adulta trabajadora, y me pongo mis zapatillas deportivas azules, que tienen un agujero en la punta y se me sobresale el dedito.
A las 7 menos 1 o menos 2, si las condiciones laborales me lo permiten, es decir, si el jefe no está, salgo corriendo. Generalmente hago tres cuadras corriendo hasta una parada de colectivos y me tomo el primero que pasa para que me acerque. Termini no es lejos de mi trabajo, pero es en subida y el tren sale a las y 24, y la plataforma desde donde sale es siempre 1 o 2 EST. Es decir, queda en los confines de la estación; o corro o corro, no hay opción, porque el siguiente tren que me lleva hasta mi hermoso pueblito de Montefiascone es a las 9 de la noche.
Si tengo suerte, y esta vez la tuve, me tomé uno que me deja en frente de la estación. Me bajo corriendo y aún tengo 10 minutos para llegar a la plataforma. Toda la estación la atravieso diciendo “Scusi, grazie, scusi”. De repente soy de esas personas apuradas que te empujan al pasar y te odian con la mirada cuando alguien camina lento en una estación de tren infinita como la de Roma Termini. Al menos pido permiso. Hago el control con mi pase de tren mensual y a las y 22 me subo al tren. Ese es mi día normal; a la ida es bastante parecido, siempre apurada. Pero este fue diferente.

En cuanto me subo al tren, me meto en el primer vagón, donde justamente hay un grupo de 7 chicas monjas ensayando un Aleluya coral, ahí sentaditas. Sí, acá en Roma es muy común ver muchísimas por todos lados, pero me asombró ver chicas tan jóvenes y encima cantando a coro. Estaban sentadas enfrentadas entre ellas y, al mismo tiempo, al lado, quedando un lugar libre. Había otros asientos justo detrás de ellas, así que me senté ahí a escucharlas.
Muchas personas, al ver que había monjas cantando, se fueron a otro vagón, pero yo lo encontraba emocionante. Las escuché hablar un italiano con acento un poco raro y, de a poco, empecé a escuchar palabras en español.
Recién había arrancado el tren, me di vuelta y las saludé y pregunté de dónde eran. Todas me contestaron al mismo tiempo, con mucha simpatía y amabilidad.
Se rieron de la situación y una tomó el mando de la conversación y me fue diciendo los países de donde eran todas: Ecuador, España, Panamá, El Salvador, Egipto y dos de Ucrania. Me invitaron a sentarme con ellas, tímidamente y muy respetuosas, como si tuvieran miedo a mi rechazo. Obviamente acepté y ahí empezó nuestra charla de casi una hora y media sin parar.
¿De dónde eres? ¿Cuánto hace que vives en Italia? ¿Cuál es tu parada? ¿Por qué vives aquí? ¿Dónde trabajas? ¿Cuántos años tienes? Las chicas se veían muy interesadas en mí. Al ir respondiendo todas sus preguntas, se fueron dando diversas conversaciones interesantes. Daba la casualidad que varias tenían la misma edad que yo, estudiaban en la Rocca dei Papi, en Montefiascone, que queda muy cerquita de donde vivo, y su congregación había nacido en mi país de origen, Argentina.
Pertenecían a la Congregación de las Hijas de Nuestra Señora del Luján; estaban estudiando por un período de 3 años. Muchas de ellas eran de 3er año, así que ya les tocaba estudiar en español: los primeros dos son en italiano y el último en español, por ser una congregación nacida en Argentina.

Me contaron que, por esta razón, muchísimas de las hermanas que estudiaban y varias de las profesoras eran argentinas. “Hay gente de todas partes del mundo y lo más gracioso es sentir a hermanas que son de origen italianas, chinas, ucranianas hablando ahora con tu acento”, me decía la ecuatoriana, que era la más joven de ellas.
Tienen permiso de ver a sus familias cada dos años por un mes, si es que son del exterior, y si no, una vez por año, 15 días. Todas ellas habían hecho voluntariados en distintas partes del mundo: Mozambique, Brasil, Ucrania, Guatemala, entre otros, en orfanatos, escuelas rurales, hospitales.
Todas ellas tenían dos o más nombres, ya que cuando ingresaban a la familia de la iglesia se volvían a bautizar. El único nombre que me acuerdo es María de las Almas, que también se llamaba Valeria, la ecuatoriana de 22 años. A ella la tenía al lado; nos pusimos a hablar de Ecuador, de América del Sur, de su familia, de la mía, de la universidad.
Me contaba que, desde los 16 años, ella ya sentía su vocación y que no quiso estudiar nada, a diferencia de sus hermanos, que, con sus exactas palabras, eran ‘más normales’.
Me pidieron mi número, sin compromiso, para invitarme a cosas que ellas hacían para la comunidad en Montefiascone. Me dieron su librito con las canciones, ya que les conté que yo también cantaba en un coro cuando vivía en Pergamino, Argentina, y al momento de bajarse en su parada, justo una antes de la mía, todas me abrazaron y me dieron las gracias por ese encuentro tan espontáneo e interesante que habíamos tenido.
En ningún momento ninguna me preguntó de qué religión era o si siquiera creía en algo. Fue un encuentro con 7 chicas que eligieron un camino muy diferente sin juzgar el mío. Todas vestidas con sus hábitos azules o negros de pies a cabeza, pero teniendo las mismas conversaciones que cualquier chica de 26 años tiene. Fue una vuelta a casa diferente que hace que aún no pueda decir que tengo una rutina. ¿O acaso en su rutina se encuentran con monjas cantando en un tren?