La ciudad de Roma tiene tantos atractivos históricos para ver que, en esta nota, no voy a nombrar ninguno de esos clásicos monumentales obligatorios que hay que ver si estás por primera vez en esta ciudad eterna.
Te voy a contar sobre la joya romanesca del barrio Prati, un lugar donde vas a tener un pequeño vistazo a cómo son los habitantes de esta milenaria ciudad en su cotidianidad: qué comen, cómo se relacionan entre sí y con qué frecuencia lo visitan: el Mercado Trionfale.
Este gran mercado cubierto tiene sus orígenes al final del siglo XIX, cuando era un mercado al aire libre en Viale Giulio Cesare. En los años 30 del siglo XX se trasladó a Via Andrea Doria, integrándose en el crecimiento urbano del barrio.
En 2009 se inauguró el mercado moderno en el edificio actual, una estructura de vidrio y cemento diseñada para mejorar servicios e higiene, con estacionamiento subterráneo y otras facilidades.

Hoy en día tiene 270 locales con la comida más variada que puedas desear. Si no lo encuentras en este mercado, puede que no exista; un paseo en este mercado te dará la bienvenida al paraíso de la comida mediterránea.
Crónica: un sábado en el Mercado Trionfale
Hoy es sábado por la mañana, y tanto yo como muchísimas personas que tienen trabajos tradicionales de lunes a viernes eligen el sábado para pasear y hacer las compras al mismo tiempo en el enorme Mercado Trionfale del barrio Prati. Mañana estará cerrado, y aunque no me hacen falta tantas cosas, no quiero perderme el paseo.
Con mi marido romano, nacido en el barrio de Borgo Pio, es prácticamente una tradición ir a ese mercado. Ahí nos vamos a encontrar con su mamá, que conoce el mercado como la palma de su mano. Para mí, que me crié en una ciudad chica de Argentina donde no acostumbramos tener mercados de este estilo, ir al mercado con mi marido y mi suegra es fascinante: es como ser parte de un museo interactivo cultural gastronómico.
Hay varias entradas: nosotros siempre usamos la que está por Via Santamaura, pero mi suegra usa la entrada principal por Via Andrea Doria, ya que el colectivo la deja justo en la puerta.
Mi suegra, como tantas otras personas que vemos pasar, está preparada para comprar muchas cosas. Con su carro con ruedas, primero nos pasamos por el cafecito del fondo, donde desayunamos a las 11 a.m. con cappuccino y tramezzino de cotto y mozzarella. Ya se nos ha vuelto una costumbre empezar la mañana de sábado de compras en ese pequeño banco de café. Este lugar ofrece diferentes sándwiches de miga enormes (en italiano, “tramezzini”) de distintos rellenos, también hay grandes medialunas, o mejor dicho, cornetti de Nutella y pistacho.

Aunque el lugar está repleto de gente, mi suegra encuentra el espacio para saludar al muchacho y pedir rápidamente la orden. Una vez desayunados, empieza la excursión.
—“Ma che prendiamo per pranzo?” —es una de las primeras preguntas que nos hacemos. Alessio quiere una rica pasta con pescado, yo apunto siempre a una picadita con fiambres y quesos varios, y Graziella nos quiere consentir a ambos.
Pasamos primero por el mercado de frutas y verduras de la señora de Albania, que nos trata muy bien. Su puesto es uno de los más grandes, con más verduras que frutas, y una selección de tomates de todos los tamaños y colores. Después nos vamos a comprar taralli, olivas, bananas y alguna que otra cosa que nos parezca interesante al puesto de Andrea.
El amigo de mi marido trabaja en este mercado desde hace años y tiene tres puestos con productos artesanales de primera calidad que se complementan entre sí. Andrea siempre está a “palla”, como dicen los romanos, que quiere decir que está a mil, corriendo de un puesto al otro, gritando por los pasillos y hablando con varias personas al mismo tiempo. Cuando nos ve, nos saluda y se queda charlando un poco mientras adivina lo que queremos.
—Ti faccio un misto di taralli? —me dice, sabiendo que encontré el paraíso de los grisines de diferentes sabores en formato redondito. Una delicia simple proveniente de Puglia: hay de orégano, finocchio, pimienta y aceite de oliva. Le digo que sí y me llena una bolsa de plástico. Alessio le pide a escondidas que me meta uno piccante sorpresa entre los otros sabores, algo que encuentra muy divertido cuando, por equivocación, me empieza a quemar la lengua.
Entre gritos de locales haciendo las compras, nos metemos en fila para comprar pescado. Este puesto está apartado y ocupa una porción significativa del fondo; necesitan espacio para exponer los grandes atunes, salmones, almejas de varios tamaños, anchoas, camarones, etc. Se nota que el local es familiar, porque hay dos adolescentes que ya trabajan con sus padres: la madre en la caja, el padre cortando las partes difíciles y los chicos atendiendo. En total son como seis o siete personas trabajando, todos en un continuo griterío con pequeñas conversaciones donde se preguntan:
—“E come sta la nonna?”
—“Mamma vuole che ti dica che l’ultima volta non era buono il pezzo che gli hai dato.”
Es verdaderamente como estar en una película. A veces las conversaciones suben un poco de tono y pienso que se van a agarrar a las piñas, pero de repente se empiezan a reír y nos toca a nosotros.
Alessio pide vongole para hacer una pasta y un mix de bichitos de mar para completar una mega pasta allo scoglio, con muchos mariscos mixtos y tomate. Una de las pastas veraniegas preferidas de nosotros.
Todavía nos falta pasar por el pecorino romano, el queso más rico de la historia de Italia, hecho con leche de oveja y curado, que se usa para ciertas pastas en particular, como la pasta alla carbonara, mi favorita entre todas, con huevo y guanciale de cerdo. Con la señora de los quesos, mi suegra se queda un rato largo charlando; siempre le compramos a la misma y ya conoce nuestros nombres. Mientras Graziella conversa, nosotros analizamos si comprarle a ella o no el prosciutto. Nos vamos a otro puesto un poco más alejado donde también venden carne, y nos pedimos hamburguesas y dos mega churrascos que acá llaman bistecca.

Ya tenemos el carro lleno de comida y empezamos a tener hambre. Momento de irse, pero no sin antes pasar por el forno a comprar un buen pedazo de pan sciapo —sí, sin sal— para las bruschettas. Mientras estamos haciendo el pedido, nos cruzamos con una pareja amiga, su perro y la mamá de él, que, al igual que nosotros, aprovecharon el sábado para pasar la mañana en familia, comprando cosas ricas.
Entre el olor a pan recién horneado, quesos, frutas y el pescado fresco, no puedo evitar sentir que estamos metidos en algo más grande que nosotros y que dentro de varios siglos se va a estudiar cómo era la vida de estos ciudadanos, siendo una comunidad que celebra la vida cotidiana a través de la comida. Cada saludo a los gritos, cada carcajada, cada chistecito rápido entre los puestos me hace sentir que el Mercado Trionfale no es solo un lugar para comprar: es un lugar donde se mezclan historias, sabores y momentos felices de personas comunes y corrientes de los que uno quiere ser parte.
Con el carro cargado, el estómago rugiendo de hambre y esa sensación de pertenecer a la rutina romana, nos despedimos del mercado. Caminamos por las calles del barrio Prati, entre el bullicio de la gente, el tráfico y algún que otro vendedor ambulante, y pienso: es un sábado cualquiera que, sin querer, termina siendo uno de esos recuerdos que se quedan pegados en el corazón y el paladar.